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Los egipcios plantan cara a Mursi y le recuerdan: “La revolución continúa”

Público.es

El espíritu de la revolución egipcia se ha vuelto a adueñar de la plaza cairota de Tahrir. Los partidos laicos de la oposición al presidente Mohamed Mursi organizaron una manifestación contra el decretazo del mandatario a la que han respondido decenas de miles de personas.

En la protesta se han producido enfrentamientos entre la Policía y los manifestantes que se han saldado con la muerte de un joven de 28 años al sufrir complicaciones respiratorias tras inhalar gases lacrimógenos lanzados por las fuerzas de seguridad. El manifestante fue trasladado a un hospital cercano para recibir tratamiento médico, pero los facultativos no pudieron hacer nada para salvar su vida.

Los choques entre manifestantes y fuerzas de seguridad se desarrollan desde hace días en la plaza Simón Bolivar, próxima a Tahrir. En esta jornada de protestas se registró un segundo fallecido, un miembro de la izquierdista Corriente Popular Egipcia -liderada por el excandidato presidencial Hamdin Sabahi-, que sufrió un infarto durante la marcha.

Pese a los citados enfrentamientos, el ambiente en Tahrir se mantuvo pacífico aunque reivindicativo, con una gran multitud pidiendo que Mursi rectifique y retire su controvertida acta constitucional. El pasado jueves, el presidente declaró que todas sus decisiones son definitivas e inapelables ante la Justicia hasta la entrada en vigor de una nueva Constitución y que las actuales Cámara alta del Parlamento y Asamblea Constituyente son indisolubles.

La protesta de hoy, convocada por partidos de izquierda, liberales y otros grupos, marca un paso más en la peor crisis a la que se enfrenta el político de los Hermanos Musulmanes desde que fue elegido el pasado mes de junio y expone una brecha entre los islamistas, ahora en el poder, y sus rivales. Algunos manifestantes han acampado desde el viernes en la plaza, donde destaca una pancarta que reza “Egipto para todos los egipcios”. Además, se han producido hechos violentos en todo el país, incluida una localidad al norte de El Cairo en la que un joven de los Hermanos Musulmanes murió en enfrentamientos el domingo. Además, cientos de personas han resultado heridas.

Los congregados en Tahrir han coreado con una sola voz que “la revolución continúa” y que “el pueblo quiere la caída del régimen”, en un nuevo paso en sus demandas contra lo que consideran la “dictadura” de Mursi y de los Hermanos Musulmanes. “Mursi es mucho más peligroso que (el expresidente Hosni) Mubarak. Solo piensa en los Hermanos Musulmanes, que buscan controlar todo”, declaró a la agencia Efe Ihab Yusef, empleado en un banco.

Este sentimiento era mayoritario en Tahrir,  donde los manifestantes criticaron no solo la citada declaración constitucional, que ha sido la gota que ha colmado el vaso de su paciencia, sino el dominio de las fuerzas islamistas en la asamblea que redacta la nueva Constitución. Tahrir volvió a ser el punto en el que confluyen todos los caminos, con marchas provenientes de varias mezquitas de El Cairo en las que participaron personalidades como el Premio Nobel de la Paz Mohamed el Baradei, el excandidato presidencial Hamdin Sabahi y el conocido escritor Alaa el Aswany.

La división de la sociedad egipcia, palpable desde la llegada al poder de Mursi, se ha hecho aún más evidente desde el acta constitucional. Para apoyar estas decisiones, los Hermanos Musulmanes habían convocado para esta jornada otra manifestación cerca de la Universidad de El Cairo, que ayer decidieron cancelar para evitar disturbios con los opositores al presidente. Aunque se retiraron de El Cairo, los islamistas hicieron una demostración de fuerza en la ciudad septentrional de Alejandría, uno de sus bastiones.

Al margen de la plaza, pero con un ojo en la misma, los miembros del Consejo Superior de Justicia, críticos con las decisiones de Mursi, mantuvieron hoy una reunión de más de siete horas en la que participó el nuevo fiscal general, Talat Ibrahim, en el cargo gracias al decreto presidencial. El acta constitucional no solo ha calentado la calle y unido a los liberales, sino que ha reforzado el pulso entre el poder judicial y el jefe de Estado, que no parece dispuesto a que los magistrados se interpongan en su camino.

Anuncis

Se oficializa el golpe de Estado en Egipto

Por Olga Rodríguez

El golpe de Estado en Egipto se inició en realidad en febrero de 2011, cuando la Junta militar tomó el mando del país. Lo ocurrido en los últimos días solo confirma una realidad que muchos –incluidos gobiernos occidentales– se negaron a admitir, dando legitimidad a un proceso de transición controlado y maniatado por los generales egipcios.

Desde la caída de Mubarak y en nombre de la estabilidad, la cúpula del Ejército ha amparado la represión –que ha causado más de cien muertos y miles de heridos en un año (ver vídeo)–, los arrestos arbitrarios, los juicios militares a civiles, la censura e incluso los “exámenes de virginidad”, un eufemismo empleado por los oficiales para referirse a los abusos sexuales sufridos por mujeres manifestantes a manos de militares.

En esta última semana la Junta militar, ya sin disimulo, ha sacado músculo para secuestrar la presunta transición política. Anoche, tras el cierre de los colegios electorales, la cúpula castrense anunció a través de su órgano de propaganda, la televisión estatal egipcia, nuevas disposiciones constitucionales por las que se reserva el poder legislativo y el presupuestario. De ese modo reduce considerablemente las competencias del futuro presidente del país y pretende garantizarse el control de Egipto.

Diversos activistas y organizaciones impulsoras de las revueltas de 2011 llevaban tiempo llamando al boicot electoral o denunciando la falta de legitimidad de las elecciones. (Ver fotos de algunos votos nulos con mensajes de denuncia hallados ayer en las urnas y vídeo titulado “El próximo presidente”, protagonizado por conocidos activistas que advierten del abuso del poder militar).

Los comicios presidenciales se han celebrado bajo el paraguas de la Junta militar con la coordinación de una Comisión electoral integrada por personas vinculadas al régimen y presidida por Farouk Sultan, también presidente del Tribunal Constitucional desde que Mubarak lo nombró en 2009. El pasado jueves dicho tribunal anuló las elecciones legislativas, disolvió el Parlamento y dio el visto bueno como candidato presidencial a Ahmed Shafiq, ex ministro y ex primer ministro de Mubarak.

Ni Morsi ni Shafiq: el Ejército

Según los datos difundidos hasta ahora, el candidato de los Hermanos Musulmanes, Mohamed Morsi, ha obtenido más respaldo en las urnas que su rival, Ahmed Shafiq. En plena madrugada, a las cuatro de la mañana, Morsi compareció públicamente para declararse vencedor. De momento, Shafiq no ha admitido su derrota y faltan por conocer los resultados oficiales. Pero en realidad, tras la declaración constitucional de la cúpula militar, el verdadero ganador, al menos de momento, es el Ejército.

Los altos mandos de las Fuerzas Armadas, que controlan el país desde 1952, gozan de una serie de privilegios a los que no van a renunciar fácilmente. Están exentos del pago de algunos impuestos, gestionan fábricas y empresas cedidas por el Estado y controlan alrededor del 30% de la industria del país. Tras la firma de los acuerdos de paz de Camp David entre Egipto e Israel ratificados en 1979 –y a partir de los cuales El Cairo actuó como aliado de Tel Aviv–, Estados Unidos comenzó a invertir 1.300 millones de dólares anuales en el Ejército egipcio. Lo sigue haciendo en la actualidad, a pesar de que se trata de ese Ejército impune que ampara la represión.

“La histórica relación de Estados Unidos con Egipto es una pieza central de la política exterior estadounidense en Oriente Medio y el norte de África –afirmó en marzo de 2011 Robert Gates, a la sazón secretario de Defensa estadounidense–. La alianza entre los ejércitos egipcios y estadounidense se ha fortalecido en treinta años, y es una parte integral del camino que nuestros dos países impulsan por sus intereses comunes y por el avance de la estabilidad en una región a menudo tumultuosa”.

A tenor de los acontecimientos, parece que dicha estabilidad se limita a la de los intereses del Ejército egipcio, de Washington y de sus aliados en la región, y no a la que pueda beneficiar a la población de Egipto.

“La revolución pedía pan, libertad y justicia social. Nos han dado Ejército, policía y policía militar”, reza un cartel difundido estos días en la Red por diversos activistas egipcios.

Ya lo hicieron en Libia, ahora van por Siria

La OTAN prepara la mayor operación de intoxicación de la historia

Red Voltaire

Red de Prensa No Alineados

Adital

Por Thierry Meyssan

Países miembros de la OTAN y del Consejo de Seguridad del Golfo (CCG) están preparando un golpe de Estado y un genocidio sectario en Siria. Si usted desea oponerse a esos crímenes, actúe de inmediato. Haga circular este artículo a través de Internet y póngase en contacto con sus representantes democráticamente electos.

Red Voltaire | Damasco (Siria)| 10 de Junio de 2012

Dentro de varios días, quizás a partir del mediodía del viernes 15 de junio, los sirios que traten de ver los canales nacionales sólo captarán en sus televisores otros canales creados por la CIA. Imágenes filmadas en estudio mostrarán masacres imputadas al gobierno, manifestaciones populares, ministros y generales dimitiendo, al presidente al-Assad dándose a la fuga, a los rebeldes reuniéndose en pleno centro de las grandes ciudades así como la llegada de un nuevo gobierno al palacio presidencial.

El objetivo de esa operación, dirigida directamente desde Washington por Ben Rhodes, consejero adjunto de seguridad nacional de Estados Unidos, es desmoralizar a los sirios y permitir así un golpe de Estado. La OTAN, luego de haberse estrellado contra el doble veto de Rusia y China en el Consejo de Seguridad de la ONU, lograría así conquistar Siria sin tener que atacarla ilegalmente. Sea cual sea la opinión de cada cual sobre lo que está sucediendo en Siria, Lo cierto es que un golpe de Estado pondría fin a toda esperanza de democratización.

De forma totalmente oficial, la Liga Árabe ha solicitado a los operadores de los satélites Arabsat y Nilesat que pongan fin a la retransmisión de los medios sirios, tanto públicos como privados (Syria TV, Al-Ekbariya, Ad-Dounia, Cham TV, etc.). Ya existe un precedente dado que la Liga Árabe impuso anteriormente la censura contra la televisión libia para impedir que los dirigentes de la Yamahiria pudieran comunicarse con su propio pueblo. No existe en Siria ninguna red hertziana en que los canales de televisión se capten exclusivamente vía satélite. Pero este corte no dejará las pantallas en blanco.

En efecto, esta decisión sólo es la parte visible del iceberg. Según nuestras informaciones, varias reuniones internacionales han tenido lugar esta semana para coordinar la operación de intoxicación. Las dos primeras reuniones, de naturaleza técnica, se desarrollaron en Doha (Qatar). La tercera, de carácter político, tuvo lugar en Riad, (Arabia Saudita).

En la primera reunión participaron los oficiales de guerra sicológica «incrustados» en varias televisiones satelitales, como Al-Arabiya, Al-Jazeera, BBC, CNN, Fox, France24, Future TV y MTV –ya es sabido que desde 1998 oficiales de la United States Army’s Psychological Operations Unit (PSYOP) han sido incorporados a la redacción de la CNN, práctica que la OTAN extendió después a otras estaciones televisivas de importancia estratégica. Estos oficiales redactaron de antemano una serie de noticias falsas, en función de una historia falsa concebida por el equipo de Ben Rhodes, en la Casa Blanca. Se estableció un procedimiento de validación recíproca en el que cada medio debe citar las mentiras de los demás para darles credibilidad a los ojos de los telespectadores. Los participantes decidieron además no limitarse a requisicionar únicamente los canales de la CIA para Siria y el Líbano (Barada, Future TV, MTV, Orient News, Syria Chaab, Syria Alghad), sino también unos 40 canales religiosos wahabitas que exhortarán a desatar masacres confesionales bajo la consigna «¡Los cristianos a Beirut, los alauitas a la tumba!»

En la segunda reunión participaron ingenieros y realizadores encargados de planificar la fabricación de imágenes de ficción, en las que se mezclan secuencias rodadas en estudios a cielo abierto con imágenes generadas por computadora. En estas últimas semanas se han montado, en Arabia Saudita, varios estudios que imitan los dos palacios presidenciales sirios y las principales plazas de Damasco, de Alepo y de Homs. Ya existían ese tipo de estudios en Doha, pero resultaban insuficientes dada la envergadura de la operación planteada.

En la tercera reunión participaron el general James B. Smith, embajador de Estados Unidos; un representante del Reino Unido y el príncipe saudita Bandar Bin Sultan, el mismo a quien el presidente George Bush padre designaba como su hijo adoptivo, al extremo que la prensa estadounidense comenzó a llamarlo «Bandar Bush».El objetivo de esta reunión fue coordinar la acción de los medios con la acción del «Ejército Sirio Libre», conformado esencialmente con los mercenarios a sueldo del príncipe Bandar.

La operación ya venía gestándose desde hace meses, pero el Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos decidió acelerarla después de que el presidente ruso Vladimir Putin notificó a la Casa Blanca que Rusia se opondrá por la fuerza a todo intento ilegal de intervención de la OTAN contra Siria.

Esta operación comprende dos etapas simultáneas: por un lado, inundar los medios de noticias falsas, y por el otro, censurar o bloquear toda posibilidad de respuesta.

El hecho de prohibir las televisiones satelitales para desencadenar y dirigir una guerra no es nada nuevo. Bajo la presión de Israel, Estados Unidos y la Unión Europea han prohibido sucesivamente canales de televisión libaneses, palestinos, iraquíes, libios et iraníes. Ningún tipo de censura se ha impuesto contra canales vía satélite provenientes de otras regiones del mundo.

La difusión de noticias falsas tampoco es nada nuevo. Cuatro pasos significativos en el arte de la propaganda se han dado por vez primera durante el último decenio.

-En 1994, una estación de música pop, la Radio Libre de Mille Collines (RTML) dio la señal que desencadenó el genocidio ruandés al exhortar a «¡Matar a las cucarachas!».

– En 2001, la OTAN utilizó los medios de prensa para imponer una interpretación de los atentados del 11 de septiembre y justificar los ataques contra Afganistán e Irak. Ya en aquella época fue Ben Rhodes el encargado de redactar, por orden de la administración Bush, el informe de la Comisión Kean Hamilton sobre los atentados.
– En 2002, la CIA utilizó 5 canales (Televen, Globovisión, Meridiano, ValeTV y CMT, para hacer creer que enormes manifestaciones habían obligado al presidente democráticamente electo de Venezuela, Hugo Chávez, a renunciar a su cargo, cuando en realidad estaba siendo víctima de un golpe de Estado militar.
– En 2011, France24 desempeñaba de facto el papel de ministerio de Información de Consejo Nacional Libio, al que incluso estaba vinculada por contrato. Durante la batalla de Trípoli, la OTAN hizo filmar en estudio y difundir a través de Al-Jazeera y de Al-Arabiya imágenes que mostraban a los rebeldes libios entrando en la plaza principal de la capital cuando en realidad se encontraban aún lejos de la ciudad, de manera que los habitantes, convencidos de que la guerra estaba perdida, cesaron toda resistencia.

Los medios de prensa ya no se conforman con apoyar la guerra. Ahora hacen la guerra.

Este dispositivo viola los principios básicos del derecho internacional, empezando por el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos que estipula el derecho a «recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión». Y lo más importante es que viola las resoluciones de la Asamblea General de la ONU, adoptadas al término de la Segunda Guerra Mundial para prevenir las guerras. Las resoluciones 110, 381 y 819prohíben «los obstáculos al libre intercambio de informaciones e ideas» (en este caso, el bloqueo de los canales sirios) y «la propaganda tendiente a provocar o estimular cualquier tipo de amenaza contra la paz, de ruptura de la paz o todo acto de agresión». A la luz del derecho, la propaganda a favor de la guerra es un crimen contra la paz. Es incluso el más grave de los crímenes, ya que hace posibles los crímenes de guerra y el genocidio.

Siria: Un heroico combate popular

A menudo, los rasgos de una sórdida dictadura se muestran en la horrorosa combinación de la tortura generalizada, las masacres, los bombardeos de barrios populares, las más extravagantes y falsas declaraciones, su riqueza y corrupción, así como los instrumentos de coerción de los que se ha dotado. El clan Bachar el-Assad acaba de ilustrar, una vez más, ese “modelo”.

Formas de dictadura

Tras haber bombardeado durante casi un mes el barrio de Bab Amr, en Homs, la televisión estatal (por tanto “privatizada” por la camarilla dictatorial) afirma que ¡“Las bandas terroristas han secuestrado ciudadanos en Homs, les han asesinado y filmado para suscitar reacciones internacionales contra Siria”! Una afirmación que se sitúa en la misma línea de los métodos del ministro nazi de “Educación popular y Propaganda” del III Reich, Joseph Goebbels. Por desgracia, esas alegaciones están avaladas por ciertos “antiimperialistas”. Tienen la misma textura que las que avalaban las “demostraciones” del régimen estalinista de la URSS, en los años 1930 o 1950, que afirmaban la inexistencia de “campos de concentración” sin embargo documentados por la “prensa imperialista”.

En cuanto a las manías y caprichos dictatoriales del clan Assad, el diario británico The Guardian acaba de publicar, el 15 de marzo de 2012, correos reveladores de la vida cotidiana de un dictador que, además de masacres, organiza referéndums (en febrero de 2012 sobre una Constitución que introduciría el “pluralismo político”) y elecciones legislativas para el 7 de mayo de 2012.

El diario británico resume así una parte del contenido de los correos: “Esta correspondencia entre “Sam” (Bachar) y “AK” (su mujer Asma) pinta el retrato de una pareja presidencial desconectada de la crisis y que continúa llevando un lujoso tren de vida”. La “desconexión” no es más que parcial. Algunos mensajes, que parecen provenir de Khaled al-Ahmed, uno de los consejeros de Bachar el -Assad para las “operaciones” contra las ciudades rebeldes de Homs y de Idlib, incitan al presidente a “reforzar su política de seguridad para restaurar el control y la autoridad del estado” y a “tomar el control de las plazas todos los días de 15h a 19h, para evitar las concentraciones de la oposición”.

Algunos pondrán en duda la “veracidad” de los correos. Les será difícil poner en duda que barrios enteros de Homs y de Idlib están destruidos, que los matones (los “shabiha”) del régimen, tras haber condenado al exilio a miles de habitantes, roban sus casas (ver la BBC del 15 de marzo de 2012). Igualmente, las concentraciones -muy bien controladas y filmadas desde un buen ángulo por la televisión estatal- de algunas plazas en las ciudades son presentadas como la expresión del “apoyo masivo” a Bachar el-Assad.

Hay derecho a preguntarse ¿porqué esas “demostraciones” son necesarias, cuando se trataría simplemente de combatir -cierto que desde hace más de un año y con un despliegue militar colosal- contra “algunas bandas terroristas, manipuladas por fuerzas extranjeras”?

Se encuentra aquí uno de los métodos de opresión propios de los regímenes dictatoriales: saben que con las “bayonetas es posible hacer muchas cosas, salvo sentarse encima”. De ahí la necesidad de alinear -de pie, en una plaza, con banderas y retratos del tirano- tres tipos de apoyos del régimen.

Primero, los muy dependientes del régimen y que temen perderlo todo: su estatuto y privilegios; segundo, los que están instrumentalizados, desde hace mucho, por el clan Assad y expresan temores y animosidades confesionales cuya ceguera es característica en la historia de estos conflictos construidos por camarillas aferradas al poder y, tercero, quienes están asustados por las bayonetas de las milicias paramilitares del Baas y se sienten obligados a “obedecer” las órdenes de acudir a la concentración.

Estas “multitudes” son presentadas por algunos medios como el “anclaje social real” del régimen. Estas fórmulas huelen aún al “respeto” que la Francia de Sarkozy manifestaba invitando a Bachar el-Assad al desfile militar del 14 de julio de 2008 en los Campos Elíseos; o la más discreta recepción, en diciembre de 2010, de Asma y Bachar el-Assad, que se fueron de compras por los mismos Campos Elíseos.

Guerra contra los civiles y provocación del éxodo

Las personas que defienden los derechos democráticos y sociales no pueden sino apoyar la lucha antidictatorial del pueblo sirio insurrecto. Sin embargo, demasiado a menudo, se expresan una simple indignación contra la represión y la demanda de que cesen las masacres. Ciertamente esto es necesario y urgente. Pero en más de una formulación repetida por los grandes medios o en fuerzas llamadas de “izquierdas” se hace referencia a la “escalada de la violencia”. Una expresión que iguala el terror dictatorial y la resistencia de una amplia mayoría de la población, cuya valentía y compromiso son la única explicación de un levantamiento tan largo. Otros ponen en guardia contra los “riesgos de una guerra civil”, cuando desde hace 12 meses se desarrolla una guerra contra los civiles. El sentido de esos enunciados se encuentra como trasfondo de los diversos planes discutidos en El Cairo, el 10 de marzo de 2012, por la Liga árabe (que reúne a numerosos poderes reaccionarios), en presencia de Rusia (Lavrov).

Durante ese tiempo, los funerales son ametrallados por tiradores de élite (snipers). Se apresa a los heridos en los hospitales, se les ata a la cama y se les tortura. Un símbolo de la ferocidad y del fanatismo de una dictadura. El 14 de marzo de 2012, Amnistía Internacional, en su informe titulado “Los supervivientes de la tortura hablan”, subraya: “Los testimonios que hemos recogido nos han dado una visión hiriente de un sistema de detención y de interrogatorio que, un año después del comienzo de las manifestaciones, parece tener como objetivo degradar, humillar y aterrorizar a sus víctimas a fin de obligarles al silencio”. Tras la toma del barrio de Bab Amr, las masacres de civiles son sistemáticas así como el robo de sus bienes. No deben volver.

Efectivamente, una política de limpieza de la población está puesta en pie desde hace algunas semanas. Está en marcha en Homs, en Idlib, en Dera y en otras partes. Tiene por objetivo las “comunidades” que primero han salido a la calle y luego han resistido a milicias que se comportan como ocupantes sin piedad. El objetivo de este terror de estado: suscitar el éxodo. El tríptico dictatorial puede resumirse así: los sirios deberían o bien someterse, o bien correr el riesgo de la tortura y la muerte, o bien “elegir” el éxodo. Una cierta partición del país está, de hecho, en marcha. Sin embargo, este peligro era denunciado por quienes se negaban, con ese pretexto, a sostener la insurrección popular, pacífica.

Para hacerlo, el clan Assad exacerba enfrentamientos “comunitarios”, “confesionales” y los instrumentaliza de forma preventiva para “limpiar” barrios y ciudades que ocupan el territorio junto al Mediterráneo: de Idlib a Homs y más al sur. La ONU ha contado ya un mínimo de 200.000 personas desplazadas y más de 30.000 personas obligadas al éxodo hacia Turquía, Líbano, Jordania. Un éxodo por caminos sembrados de minas antipersonas.

Sin embargo, a pesar del terror generalizado, la resistencia popular persiste en un contexto de crisis económica que desagrega al régimen y de una derrota política que no puede ser colmada solo por la fuerza militar.

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Punto de no retorno – La revuelta en Siria y sus repercusiones en la geopolítica internacional

Charles-André Udry

El pasado 1 de febrero Robert Fisk terminaba así su artículo en el periódico The Independent: “Pero hay una cuestión que no está planteada. Suponed que el régimen (de Bachar el-Assad) sobreviva. ¿sobre qué Siria ejercería su poder?”. Dicho de otra forma: la revuelta ha alcanzado un punto de no retorno. El registro, bajo todas las formas, por las fuerzas policiales y militares, de decenas de miles de manifestantes y de opositores –cada semana, cada día- en las diferentes ciudades y aldeas del país haría mañana muertos y encarcelados, torturados, suplementarios, si el combate se detuviera. Y si el régimen de la camarilla de Assad permaneciera. El terrible precio humano de este combate popular es conforme a la naturaleza odiosa e implacable del régimen, con el que ninguna negociación es posible y aceptable por los combatientes antidictatoriales.

El 4 de febrero de 2012, Khaled al-Arabi, miembro de la Organización Árabe de los Derechos Humanos, declaraba: “El ejército sirio bombardea con cohetes y morteros. Está cometiendo un baño de sangre de un horror jamás visto hasta ahora en la ciudad de Homs…”. Radio France Internationale (FRI), en la misma fecha, afirmaba: En Homs, son cerca de 300 las personas muertas sólo la jornada de ayer, viernes 3 de febrero de 2012, afirma el Consejo Nacional Sirio (CNS). Incluso si es difícil saber con precisión lo que ocurre en ese país cerrado a la prensa y sometido a un estricto control, las imágenes difundidas por las televisiones árabes y los testimonios recogidos evocan una violencia creciente y ciega. Los testimonios describen un bombardeo despiadado, una ciudad transformada en zona de guerra. Nadie, ni ningún barrio se ha librado de una “verdadera lluvia de bombas”. Y es un verdadero baño de sangre lo que se describe. El bombardeo de la ciudad ha comenzado ayer, viernes 3 de febrero hacia las 17 horas, hora local, y ha proseguido hasta el alba. Los testigos declaran que los primeros bombardeos se han concentrado sobre todo en el barrio de al-Khalidiya, donde numerosas casas se han hundido sobre sus ocupantes y donde se cuentan la mayoría de las víctimas. A lo largo de toda la noche, los balances no han dejado de crecer. Según los opositores del Consejo Nacional Sirio, es “una de las masacres más horribles desde el comienzo (el pasado marzo) del levantamiento en Siria”. La oposición estima que se trata de represalias tras nuevas deserciones registradas en el seno de las fuerzas armadas”.

Dos elementos destacan entre las diversas fuentes que se pueden recoger. En primer lugar, la revuelta contra el régimen dictatorial se ha ampliado desde noviembre de 2011. Alcanza las zonas urbanas más importantes. Por tanto, ha tomado forma y fortalecido un movimiento de la periferia hacia el centro durante estos últimos once meses. En el plano social, las capas que participan en la movilización contra la dictadura –el término revolución debe ser entendido en este sentido- se han ampliado también. Solo la existencia de tal “frente social” permite comprender el mantenimiento y el refuerzo de una organización que asegura: los días sucesivos de movilización; las consignas que dan su sentido a cada “viernes” de lucha contra el poder del clan Assad; la amplitud de los funerales, a menudo colocados bajo la protección de soldados que han desertado; los cuidados –ciertamente administrados en condiciones dramáticas- aportados a los centenares de heridos que no pueden ser cuidados en los hospitales, pues la llamadas fuerzas de seguridad vienen a secuestrarles para torturarles y matarles; la puesta en pie de redes de comunicación y de transporte en un contexto de guerra. Es sobre esta base social sobre la se basan las actividades de los comités Locales de Coordinación. La población en revuelta recibe una ayuda de la diáspora siria que dispone de recursos materiales. Pero el hecho de que no dependa de una fuerza “extranjera” ha reafirmado el sentimiento de que debe contar con sus propias fuerzas. Lo que dinamiza –a pesar de los suplicios y los dolores encajados- las múltiples ayudas mutuas y las formas de autoorganización.

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Un año revolucionando Egipto

Josep Maria Antentas y Esther Vivas Público

“Nunca imaginamos que íbamos a hacer una revolución. Esperábamos sólo unos cuantos miles de personas”. Así cuentan unánimemente los activistas egipcios sus expectativas sobre la protesta del 25 de enero de 2010 que, hace ahora poco más de un año, inició el principio del fin de la era Mubarak, cuya dimisión llegó el 11 de febrero. Siguiendo la chispa encendida en Túnez, la llama revolucionaria había prendido en Egipto. “Siempre anacrónica, inactual, intempestiva, la revolución llega entre el ‘ya no’ y el ‘todavía no’, nunca a punto, nunca a tiempo. La puntualidad no es su fuerte. Le gustan la improvisación y las sorpresas. Sólo puede llegar, y esta no es su menor paradoja, si (ya) no se la espera”, nos recordaba certeramente Daniel Bensaïd.

Aunque imprevista en su magnitud, la rebelión no nació de la nada. Fue la culminación de un largo periodo de renacimiento de las luchas sociales como consecuencia del impacto de las políticas neoliberales del régimen que comportaron una fuerte polarización social, la generalización del paro y la subocupación y la extensión de la pobreza absoluta hasta el 40% de la población, cuya precaria situación quedó patente con la subida de los precios de los alimentos en 2008 y los años subsiguientes.

La juventud, con un peso destacado de las mujeres jóvenes, fue la protagonista de la revolución del 25 de enero. Sin su empuje, el dictador aún permanecería en su sitio. Pero contrariamente a algunos relatos interesados, no fue la egipcia una revolución sólo de la juventud y de las clases medias, pues los trabajadores fueron decisivos en las jornadas de febrero.

Si bien la caída de Mubarak no fue una “facebook (o twitter) revolution”, como a veces superficialmente se ha presentado, las nuevas tecnologías jugaron un papel determinante, en conjunción con un medio tradicional como la televisión a través de Al Yazira. Las redes sociales y la telefonía móvil tuvieron un rol de aceleradores y precipitadores, favorecieron el trabajo horizontal y en red y actuaron como espacios de politización.

Desde el derrocamiento del dictador, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA), que rige los destinos del país, ha intentado pilotar una “transición ordenada” en la que “todo debe cambiar para que no cambie nada”. La desautorización de cualquier protesta, y en particular de las huelgas, se ha combinado con la represión política, con más de 12.000 ciudadanos juzgados por tribunales militares en un año. En esta estrategia de cambio limitado y controlado desde arriba, el CSFA ha establecido una alianza de conveniencia con los Hermanos Musulmanes, principales beneficiarios de una transición por vías institucionales. La junta militar ha sido cómplice también de la violencia salafista hacia la minoría cristiana copta, para desviar las reivindicaciones democráticas, sociales y de clase hacia enfrentamientos sectarios.

Las elecciones del pasado noviembre mostraron, como era previsible, la fortaleza electoral y social de los Hermanos Musulmanes, la única organización política con arraigo real y con legitimidad histórica como fuerza opositora. Su proyecto, no exento de contradicciones y de dificultades para articular los intereses de una base social heterogénea, combina un programa económico neoliberal con una política reaccionaria en el terreno de los valores, la familia y la religión.

A pesar de que el islamismo es la principal fuerza organizada y el beneficiario inmediato del cambio de régimen, por primera vez en décadas emergió una corriente significativa de radicalización social al margen de este, que no satisface las aspiraciones de libertad y justicia social de parte de la juventud. Se ha abierto así la base para la reconstrucción, desde un nivel muy bajo, de la izquierda política y social y para poner fin a su declive desde finales de los setenta.

Las protestas en Tahrir y la represión en noviembre y diciembre supusieron la entrada en una segunda fase de la revolución en la que la Junta Militar es ya el blanco de la crítica. Aunque los sectores activistas nunca tuvieron confianza en el Ejército, gran parte de la población lo veía en febrero como un aliado y un garante del cambio. Este segundo estallido social representa un salto adelante en la conciencia política de un sector amplio del pueblo egipcio y de su comprensión de los mecanismos de poder y de la naturaleza de las fuerzas armadas.

Un año después de su inicio, y en un contexto de deterioro económico, la revolución egipcia tiene un desenlace abierto y vive desgarrada entre las fuerzas que quieren darla por terminada y las que quieren continuarla. Su gran victoria ha sido la recuperación de la confianza en la capacidad colectiva para transformar el mundo, tras años de frustración y descomposición social y de ausencia de perspectivas. Pero las conquistas democráticas son todavía frágiles. Las sociales son escasas y la situación de las mujeres está plagada de incertidumbres y nubarrones.

Los procesos revolucionarios no son lineales ni rectilíneos y están poblados de frenazos, acelerones y curvas imprevistas. El reto ahora es ir hasta al final, completar la revolución y conseguir cambios económicos y sociales de calado. Revolución y contrarrevolución libran en el país de los faraones un pulso permanente en el que cada una apela respectivamente a la solidaridad y a la ilusión y al egoísmo y al miedo. En otras palabras, la contrarrevolución busca aflorar lo peor del ser humano. La revolución, lo mejor.

*Josep Maria Antentas, profesor de sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona. Esther Vivas, miembro del Centre d’Estudis sobre Moviments Socials de la Universitat Pompeu Fabra.
**Artículo publicado en Público, 01/02/2012.

Las revoluciones árabes del 2011

Por Josep Maria Antentas
Anuario de Movimientos Sociales 2011

El ascenso de la ola de protestas que recorre el mundo árabe[2] desde finales de 2010 cogió a todo el mundo por sorpresa por su magnitud, extensión geográfica, profundidad, y por su arranque en un país aparentemente estable y relativamente próspero como Túnez. Retrospectivamente tenemos que considerar la ola revolucionaria que se ha extendido por toda la región durante este recién finalizado 2011 como el desencadenante de un nuevo ciclo internacional de protesta, cuyas dos expresiones más visibles han sido las revoluciones árabes y la rebelión de l@s indignad@s iniciada primero en el sur de Europa para cruzar después el Atlántico.

Esta ola revolucionaria, aún imprevista, no nace de la nada. Sus razones de fondo son el impacto prolongado de tres décadas de neoliberalismo, las dificultades en la supervivencia cotidiana agravadas por el aumento del precio de los bienes básicos, y el cansancio ante la represión y la falta de libertades y el dominio de regímenes corruptos, en un contexto de falta absoluta “de cualquier modelo de desarrollo creíble capaz de integrar a las nuevas generaciones”[3]. El colapso de los proyectos postcoloniales desarrollistas dio paso a un progresivo giro neoliberal que socavó las conquistas sociales del periodo anterior (más o menos relevantes en cada país en función de su particular trayectoria) dando lugar a regímenes serviles de Occidente sin proyecto político alguno, más allá de su permanencia en el poder y el enriquecimiento de su elite dirigente y a un retroceso de las condiciones de vida del grueso de la población de toda el área.

Contrariamente a otros levantamientos anteriores, desde la revuelta en El Cairo contra la ocupación francesa en 1800 hasta las insurrecciones anticoloniales de la segunda mitad del siglo XX, el objetivo de la actual ola revolucionaria en el mundo árabe no es directamente el imperialismo occidental, sino los propios regímenes domésticos del mundo árabe[4], aunque su existencia y permanencia en el tiempo es claramente identificada por las sociedades árabes como consecuencia del apoyo del imperialismo a los mismos.

A diferencia de otras regiones como América Latina el mundo árabe no vivió un proceso de democratización controlada a comienzos de los noventa en el marco del “nuevo orden mundial”. Dichos regímenes dictatoriales practicaron una “política del vacío” [5] basada en la “consolidación de una ausencia total de alternativas” mediante la represión política y social, bajo el amparo de las justificaciones intelectuales forjadas en Occidente sobre el “atraso árabe” y su falta de madurez para la democracia.

Tras su independencia en 1956 el régimen de Bourguiba impulsó en Túnez un modelo de capitalismo autoritario con fuerte intervención estatal, bajo el cual el país experimento un proceso de “modernización”, urbanización, aumento de la asalarización y mejoras en la condición de la mujer, pero con un muy limitado reparto de la renta. A comienzos de los años ochenta, a raíz de la crisis de la deuda externa en 1982, la situación social empeoró ostensiblemente. Las bases del régimen se tambalearon y en 1984 estallaron fuertes “revueltas del hambre”. El autogolpe de 1987 dio paso al periodo de Ben Ali que impulsó la reestructuración neoliberal de la economía tunecina y su inserción dependiente en la economía global, consolidando un modelo de capitalismo neoliberal basado en la dominación de su clan familiar sobre la economía del país, con vínculos débiles con la propia burguesía tradicional. El ajuste neoliberal provocó pérdida de poder adquisitivo de los asalariados, un fuerte nivel de desempleo (oficialmente del 14’7% en 2009), sobretodo entre la juventud, y el aumento de subocupacón y la informalización del empleo, que afecta a un 60% de los trabajadores. En estos años Túnez retrocedió repetidamente en el Índice de Desarrollo Humando (IDH), pasando del puesto 78 en 1993 al 98 en 2007. Las desigualdades sociales fueron acompañadas también de polarización regional entre las zonas costeras orientadas al turismo y el interior más empobrecido.[6]

En Egipto las reformas neoliberales auspiciadas por el régimen de Mubarak desde los ochenta, acentuando el proceso de apertura económica (“infitah”) iniciado por Sadat en 1974, y sobretodo su aceleración en los noventa, minaron el modelo desarrollista autoritario establecido por Nasser desde 1952. Dejaron tras de sí una estela de polarización social (un 3% de la población realiza el 50% del gasto en consumo), de concentración de la riqueza (en manos de una elite millonaria conectada orgánicamente con el poder, de miembros del partido gobernante y el ejército) y de hundimiento de las condiciones de existencia del grueso de la población. Se generalizaron la subocupación y el desempleo, que golpea particularmente a la juventud entre ella la universitaria, con un 30% de paro. La inseguridad alimentaria se convirtió en un fenómeno estructural y la crisis alimentaria de 2008 provocó el aumento del 50% del precio de los alimentos básicos, afectando en particular al 40% de la población del país vive por debajo del nivel de “pobreza absoluta” de 2 dólares por día establecido por la ONU[7], e iniciando un ascenso del precio de la comida que continuaría en 2009 y 2010.

El impacto del ajuste neoliberal generó en ambos países el progresivo ascenso de las luchas sociales. En Túnez una fuerte revuelta en la cuenca minera de Gafsa estalló en 2008, como reacción al fraude en las nuevas contrataciones anunciadas por la empresa de fosfato que constituye el centro de la economía regional. Aplastada brutalmente y sin capacidad para extenderse por el conjunto del país, la revuelta en Gafsa fue una primera señal del descontento larvado. En paralelo, las corrientes de izquierda fueron ganando durante los últimos años peso creciente en muchas federaciones locales y sectoriales del sindicato oficial del régimen, la Unión General de Trabajadores Tunecinos (UGTT), autonomizándolas de facto de su dirección oficial central.

Más perceptible aún fue el renacer de la protesta en Egipto. Desde el año 2000 emergió un movimiento de solidaridad con la segunda intifada Palestina y, posteriormente, contra la guerra de Irak. Justo después, en 2004 emergió el potente movimiento pro-democracia Kifaya, que desafió las pretensiones de Mubarak de presentarse a un nuevo mandato en las presidenciales de 2005. En 2006 estalló una huelga en Mahalla, el mayor núcleo industrial de oriente medio. Su victoria estimuló la propagación de conflictos en todo el sector. Dos años más tarde, en abril de 2008, otra revuelta sacudió de nuevo la ciudad, motivada por el aumento del precio del pan. La crisis alimentaria del mismo año, aún sin causar un estallido dramático como las “revueltas del hambre” de 1977, provocó una multiplicidad de protestas y desórdenes locales. Las luchas en Mahalla en 2008 marcaban en cierta forma la culminación de diez años de ascenso progresivo de las protestas obreras, en los que más de 2.000.000 de trabajadores participaron en unas 3000 huelgas ilegales. En su apoyo nació el llamado “movimiento 6 de abril” lanzado a través de Facebook por jóvenes universitarios, luego motor del día de la ira del 25 de enero de 2011, generando un embrión de alianza entre estudiantes urbanos y trabajadores. El mismo año 2008 los trabajadores de hacienda consiguieron crear su propio sindicato autónomo. Aunque sin adquirir una dimensión nacional, se forjó un nuevo movimiento obrero en los centros industriales del país, que obtuvo algunas victorias que fueron cimentando confianza en la acción colectiva[8].

Retrospectivamente, pues, es posible identificar la gestación de una dinámica de acumulación de fuerzas en ambos países (y en otros de la región). Quizás imperceptibles en su verdadera dimensión, aunque no invisibles para los observadores atentos, las luchas de los últimos años, prepararon a modo del topo, “metáfora de quien camina obstinadamente, de las resistencias subterráneas y de las irrupciones repentinas”[9], este ascenso súbito de la protesta popular que hoy sacude la región.

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